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lunes, 29 de junio de 2009

Mi fe de niño

Mi fe de niño, ¿dó está?
Me hace falta, la deseo;
Batió las alas, y creo
que ya nunca volverá,
porque la fe que se va
del fondo del corazón
tiene origen y mansión
en lo profundo del cielo,
y cuando levanta vuelo
jamás torna a su prisión.

Rubén Darío.


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Cuando cantó la culebra

Cuando cantó la culebra,
cuando trinó el gavilán,
cuando gimieron las flores,
y una estrella lanzó un ¡ay!

Cuando el diamante echó chispas
y brotó sangre el coral,
y fueron dos esterlinas
los ojos de Satanás.

Entonces la pobre niña
perdió su virginidad.

Y fueron dos esterlinas
los ojos de Satanás.
Entonces la pobre niña
perdió su virginidad.


Rubén Darío.

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domingo, 21 de junio de 2009

Ecce Homo

A Francisco Antonio Gavidia

Siempre la misma aurora por oriente,
hoy como ayer y como ayer mañana;
siempre bañada en luz la blanca frente,
las mismas perlas y la misma grana.
Señor, ¿habrá mujer más indolente?

El cielo siempre azul, el mar sonante,
en el bosque cantando Filomena.
¡Oh qué fastidio, pesia tal! ¡qué pena!
Natura, ya te has vuelto repugnante.
¡Eh! baja ese telón; cambia de escena.

Ya estamos aburridos
de mirar tanta flor y tanta nube.
Los pájaros aturden en los nidos,
y los céfiros mal entretenidos
no cesan de jugar al baja y sube
y al pasa y vuelve. Son unos perdidos.

No podemos mirar con tanta flema
esas evoluciones
que llaman estaciones:
son variaciones sobre el mismo tema.
¡Oh Dios! eterno Dios siempre soñado,
siempre soñado, que jamás te vimos:
¿no te duele el estado
fatal en que vivimos? (...)

Rubén Darío.
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http://www.educando.edu.do/sitios/PNC2005/recursos/recursos/lengua_espa%C3%B1ola/literatura/ruben%20dario_epistolas%20y%20poemas/p0000009.htm#23

sábado, 20 de junio de 2009

Melancolía

Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía.
Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo tempestades y tormentas
ciego de sueño y loco de armonía.

Ése es mi mal. Soñar. La poesía
es la camisa férrea de mil puntas cruentas
que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer las gotas de mi melancolía.

Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me parece que el camino es muy largo,
y a veces que es muy corto...

Y en este titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?

Rubén Darío.

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viernes, 19 de junio de 2009

Eco y yo

Eco, divina y desnuda
como diamante del agua,
mi musa estos versos fragua
y necesita tu ayuda,
pues sola, peligros teme.
-¡Heme!
-Tuve en momentos distantes,
antes,
que amar los dulces cabellos
bellos
de la ilusión que primera
era
en mi alcázar andaluz,
luz;
en mi palacio de moro,
oro;en mi mansión dolorosa,
rosa,
Se apagó como una estrella
ella.
Deja, pues, que me contriste.
-¡Triste!
¡Se fue el instante oportuno!
-¡Tuno!...
-Por qué, si era yo suave
ave,
que sobre el haz de tierra
yerra
y el reposo de la rama
ama?
Guiome por varios senderos
Eros,
mas no se portó bien
en
esquivarme los risueños
sueños,
que hubiera dado a mi vida
ida,
menos crueles mordeduras
duras.
Mas hoy el duelo aún me acosa.
-¡Osa!
-¡Osar, si el dolor revuela!
-¡Vuela!-Tu vos ya no me convence.
-Vence.
-¡La suerte errar me demanda!
-Anda.
-Mas ilusión las simientes...
-¡Mientes!
-¿Y ante la desesperanza?
-Esperanza.
Y hacia el vasto porvenir
ir.
-Tu acento es bravo, aunque seco,
eco.
Sigo, pues, mi rumbo, errante,
ante
los ojos de las rosadas
hadas.
Gusté de Amor hidromieles
mieles;
probé de Horacio divino,
vino;
entretejí en mis delirios
lirios.
Los fatal con sus ardientes
dientes
apretó en mi conmovida
vida;
mas me libro en toda parte
arte
do va mi gala suprema.
-Rema.
-Un blando mar se consigue.
-Sigue.
-La aurora rosas reparte
-¡Parte!
¡Y a la ola que te admira
mira,
a la sirena que encanta
canta!

Rubén Darío.
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Rima IV

Allá en la playa quedó la niña.
¡Arriba el ancla! ¡Se va el vapor!
El marinero canta entre dientes.
Se hunde en el agua trémula el sol.
¡Adiós! ¡Adiós!

Sola, llorando sobre las olas,
mira que vuela la embarcación.
Aún me hace señas con el pañuelo
desde la piedra donde quedó.
¡Adiós! ¡Adiós!

Vistió de negro la niña hermosa.
¡Las despedidas tan tristes son!
Llevaba suelta la cabellera
y en las pupilas llanto y amor.
¡Adiós! ¡Adiós!

Rubén Darío.

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Tarde del trópico (IV)

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Es la tarde gris y triste.
Viste el mar de terciopelo
y el cielo profundo viste
de duelo.

Del abismo se levanta
la queja amarga y sonora.
La onda, cuando el viento canta,
llora.

Los violines de la bruma
saludan al sol que muere.
Salmodia la blanca espuma:
miserere.

La armonía el cielo inunda,
y la brisa va a llevar
la canción triste y profunda
del mar.

Del clarín del horizonte
brota sinfonía rara,
como si la voz del monte
vibrara.

Cual si fuese lo invisible...
cual si fuese el rudo son
que diese al viento un terrible
león.

Rubén Darío.

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Oración por Antonio Machado






































Misterioso y silencioso
iba una y otra vez.
Su mirada era tan profunda
que apenas se podía ver.
Cuando hablaba tenía un dejo
de timidez y de altivez.
Y la luz de sus pensamientos
casi siempre se veía arder.
Era luminoso y profundo
como era hombre de buena fe.
Fuera pastor de mil leones
y de corderos a la vez.
Conduciría tempestades
o traería un panal de miel.
Las maravillas de la vida
y del amor y del placer,
cantaba en versos profundos
cuyo secreto era de él.
Montado en un raro Pegaso,
un día al imposible se fue.
Ruego por Antonio a mis dioses,
ellos le salven siempre. Amén.


Rubén Darío.


domingo, 31 de mayo de 2009

Canción de otoño en primavera




Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro
¡ya te vas para no volver...!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...

La otra fue más sensitiva,
y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y le mató, triste y pequeño
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón

poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad:

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!...
Cuando quiero llorar, no lloro,
¡y a veces lloro sin querer!

¡Y las demás!, en tantos climas,
en tantas tierras, siempre son,
si no pretexto de mis rimas,
fantasmas de mi corazón.




En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!...
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!


Rubén Darío.

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lunes, 25 de mayo de 2009

Caupolicán y Lautaro

CAUPOLICÁN

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.

Por casco sus cabellos, su pecho por coraza,
pudiera tal guerrero, de Arauco en la región,
lancero de los bosques, Nemrod que todo caza,
desjarretar un toro, o estrangular un león.

Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día,
le vio la tarde pálida, le vio la noche fría,
y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.

«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta.
Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta»,
e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.

Rubén Darío