Mi fe de niño, ¿dó está? Me hace falta, la deseo; Batió las alas, y creo que ya nunca volverá, porque la fe que se va del fondo del corazón tiene origen y mansión en lo profundo del cielo, y cuando levanta vuelo jamás torna a su prisión.
Siempre la misma aurora por oriente, hoy como ayer y como ayer mañana; siempre bañada en luz la blanca frente, las mismas perlas y la misma grana. Señor, ¿habrá mujer más indolente?
El cielo siempre azul, el mar sonante, en el bosque cantando Filomena. ¡Oh qué fastidio, pesia tal! ¡qué pena! Natura, ya te has vuelto repugnante. ¡Eh! baja ese telón; cambia de escena.
Ya estamos aburridos de mirar tanta flor y tanta nube. Los pájaros aturden en los nidos, y los céfiros mal entretenidos no cesan de jugar al baja y sube y al pasa y vuelve. Son unos perdidos.
No podemos mirar con tanta flema esas evoluciones que llaman estaciones: son variaciones sobre el mismo tema. ¡Oh Dios! eterno Dios siempre soñado, siempre soñado, que jamás te vimos: ¿no te duele el estado fatal en que vivimos? (...)
Hermano, tú que tienes la luz, dime la mía. Soy como un ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas. Voy bajo tempestades y tormentas ciego de sueño y loco de armonía.
Ése es mi mal. Soñar. La poesía es la camisa férrea de mil puntas cruentas que llevo sobre el alma. Las espinas sangrientas dejan caer las gotas de mi melancolía.
Y así voy, ciego y loco, por este mundo amargo; a veces me parece que el camino es muy largo, y a veces que es muy corto...
Y en este titubeo de aliento y agonía, cargo lleno de penas lo que apenas soporto. ¿No oyes caer las gotas de mi melancolía?
Eco, divina y desnuda como diamante del agua, mi musa estos versos fragua y necesita tu ayuda, pues sola, peligros teme. -¡Heme! -Tuve en momentos distantes, antes, que amar los dulces cabellos bellos de la ilusión que primera era en mi alcázar andaluz, luz; en mi palacio de moro, oro;en mi mansión dolorosa, rosa, Se apagó como una estrella ella. Deja, pues, que me contriste. -¡Triste! ¡Se fue el instante oportuno! -¡Tuno!... -Por qué, si era yo suave ave, que sobre el haz de tierra yerra y el reposo de la rama ama? Guiome por varios senderos Eros, mas no se portó bien en esquivarme los risueños sueños, que hubiera dado a mi vida ida, menos crueles mordeduras duras. Mas hoy el duelo aún me acosa. -¡Osa! -¡Osar, si el dolor revuela! -¡Vuela!-Tu vos ya no me convence. -Vence. -¡La suerte errar me demanda! -Anda. -Mas ilusión las simientes... -¡Mientes! -¿Y ante la desesperanza? -Esperanza. Y hacia el vasto porvenir ir. -Tu acento es bravo, aunque seco, eco. Sigo, pues, mi rumbo, errante, ante los ojos de las rosadas hadas. Gusté de Amor hidromieles mieles; probé de Horacio divino, vino; entretejí en mis delirios lirios. Los fatal con sus ardientes dientes apretó en mi conmovida vida; mas me libro en toda parte arte do va mi gala suprema. -Rema. -Un blando mar se consigue. -Sigue. -La aurora rosas reparte -¡Parte! ¡Y a la ola que te admira mira, a la sirena que encanta canta!
Allá en la playa quedó la niña. ¡Arriba el ancla! ¡Se va el vapor! El marinero canta entre dientes. Se hunde en el agua trémula el sol. ¡Adiós! ¡Adiós!
Sola, llorando sobre las olas, mira que vuela la embarcación. Aún me hace señas con el pañuelo desde la piedra donde quedó. ¡Adiós! ¡Adiós!
Vistió de negro la niña hermosa. ¡Las despedidas tan tristes son! Llevaba suelta la cabellera y en las pupilas llanto y amor. ¡Adiós! ¡Adiós!
Misterioso y silencioso iba una y otra vez. Su mirada era tan profunda que apenas se podía ver. Cuando hablaba tenía un dejo de timidez y de altivez. Y la luz de sus pensamientos casi siempre se veía arder. Era luminoso y profundo como era hombre de buena fe. Fuera pastor de mil leones y de corderos a la vez. Conduciría tempestades o traería un panal de miel. Las maravillas de la vida y del amor y del placer, cantaba en versos profundos cuyo secreto era de él. Montado en un raro Pegaso, un día al imposible se fue. Ruego por Antonio a mis dioses, ellos le salven siempre. Amén.
Es algo formidable que vio la vieja raza: robusto tronco de árbol al hombro de un campeón salvaje y aguerrido, cuya fornida maza blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.
Por casco sus cabellos, su pecho por coraza, pudiera tal guerrero, de Arauco en la región, lancero de los bosques, Nemrod que todo caza, desjarretar un toro, o estrangular un león.
Anduvo, anduvo, anduvo. Le vio la luz del día, le vio la tarde pálida, le vio la noche fría, y siempre el tronco de árbol a cuestas del titán.
«¡El Toqui, el Toqui!» clama la conmovida casta. Anduvo, anduvo, anduvo. La aurora dijo: «Basta», e irguióse la alta frente del gran Caupolicán.