A modo de pequeño homenaje póstumo a Sergio Oiarzabal, la revista Sayenco incluye tres poemas suyos, uno de ellos inédito, que él mismo envió para la revista.
Si hay hombres que contienen un alma sin fronteras, una esparcida frente de mundiales cabellos, cubierta de horizontes, barcos y cordilleras, con arena y con nieve, tú eres uno de aquellos.
Uno de aquellos, uno de aquellos, si hay hombres que contienen un alma sin fronteras, tú eres uno de aquellos.
Las patrias te llamaron con todas sus banderas, con todas sus banderas, con todas sus banderas. Tú eres uno de aquellos: un alma sin fronteras.
Las patrias te llamaron con todas sus banderas, que tu aliento llenara de movimientos bellos. Quisiste apaciguar la sed de las panteras, y flameaste henchido contra sus atropellos.
Las patrias te llamaron con todas sus banderas, con todas sus banderas, con todas sus banderas. Tú eres uno de aquellos: un alma sin fronteras.
Con un sabor a todos los soles y los mares, tu majestad de árbol que abarca un continente. A través de tus huesos irán los olivares abrazando a los hombres universal, fielmente.
Tened presente el hambre: recordad su pasado turbio de capataces que pagaban en plomo. Aquel jornal al precio de la sangre cobrado, con yugos en el alma, con golpes en el lomo.
El hambre es el primero de los conocimientos: tener hambre es la cosa primera que se aprende. Y la ferocidad de nuestros sentimientos, allá donde el estómago se origina, se enciende.
El hambre… Tened presente el hambre.
Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos donde la vida habita siniestramente sola. Reaparece la fiera, recobra sus instintos, sus patas erizadas, sus rencores, su cola.
Arroja los estudios y la sabiduría, y se quita la máscara, la piel de la cultura, los ojos de la ciencia, la corteza tardía de los conocimientos que descubre y procura.
Entonces solo sabe del mal, del exterminio. Inventa gases, lanza motivos destructores, regresa a la pezuña, retrocede al dominio del colmillo, y avanza sobre los comedores.
Se ejercita en la bestia, y empuña la cuchara dispuesto a que ninguno se le acerque a la mesa. Entonces sólo veo sobre el mundo una piara de tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.
Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente. Yo, animal familiar, con esta sangre obrera os doy la humanidad que mi canción presiente.
Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente, los que entienden la vida por un botín sangriento: como los tiburones, voracidad y diente, panteras deseosas de un mundo siempre hambriento.
Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto que sea como el pájaro más leve y fugitivo? Hundiendo va este odio reinante todo cuanto quisiera remontarse directamente vivo.
Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela? Conquistaré el azul ávido de plumaje, pero el amor, abajo siempre, se desconsuela de no encontrar las alas que da cierto coraje.
Un ser ardiente, claro de deseos, alado, quiso ascender, tener la libertad por nido. Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado. Donde faltaban plumas puso valor y olvido.
Iba tan alto a veces, que le resplandecía sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave. Ser que te confundiste con una alondra un día, te desplomaste otros como el granizo grave.
Ya sabes que las vidas de los demás son losas con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya. Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas. A través de las rejas, libre la sangre afluya.
Triste instrumento alegre de vestir: apremiante tubo de apetecer y respirar el fuego. Espada devorada por el uso constante. Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.
No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas por estas galerías donde el aire es mi nudo. Por más que te debatas en ascender, naufragas. No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.
Los brazos no aletean. Son acaso una cola que el corazón quisiera lanzar al firmamento. La sangre se entristece de batirse sola. Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.
Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve como un élitro ronco de no poder ser ala. El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.
Eres la noche, esposa: la noche en el instante mayor de su potencia lunar y femenina. Eres la medianoche: la sombra culminante donde culmina el sueño, donde el amor culmina.
Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje su avaricioso anhelo de imán y poderío. Un astral sentimiento febril me sobrecoge, incendia mi osamenta con un escalofrío.
Eres la noche, esposa Eres la noche, esposa Eres la noche, esposa y yo soy el mediodia.
La noche se ha encendido como una sorda hoguera de llamas minerales y oscuras embestidas. Y alrededor la sombra late como si fuera las almas de los pozos y el vino difundidas.
Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta, tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida. Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta, con todo el firmamento, la tierra estremecida.
Eres la noche, esposa Eres la noche, esposa Eres la noche, esposa y yo soy el mediodia.
Caudalosa mujer: en tu vientre me entierro. Tu caudaloso vientre será mi sepultura. Si quemaran mis huesos con la llama del hierro, verían que grabada llevo allí tu figura.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos, seguiremos besándonos en el hijo profundo. Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos, se besan los primeros pobladores del mundo.
Eres la noche, esposa Eres la noche, esposa Eres la noche, esposa y yo soy el mediodia.
Eli Tolaretxipi -poeta y traductora de merecido prestigio- se suma a Sayenco. Desde un sueño real, lúcida alucinada, hunde su mano en la verdad doliente más allá de los ciegos filósofos. El poema que nos ha remitido está incluído en su último poemario -el enlace está en la revista.
A partir de ahora las colaboraciones recibidas serán reservadas para el próximo número -ya contamos con algunas.
He aprendido la vida
de la vida,
el amor lo aprendí de un solo beso,
y no pude enseñar a nadie nada
sino lo que he vivido,
cuanto tuve en común con otros hombres,
cuanto luché con ellos:
cuanto expresé de todos en mi canto.
Yo no vengo de un tomo,
mis poemas
no han comido poemas,
devoran
apasionados acontecimientos,
se nutren de intemperie,
extraen alimento
de la tierra y los hombres.
Libro, déjame andar por los caminos
con polvo en los zapatos
y sin mitología:
vuelve a tu biblioteca,
yo me voy por las calles.
Oda al libro
Libro, cuando te cierro
abro la vida.
Escucho
entrecortados gritos
en los puertos.
Los lingotes del cobre
cruzan los arenales,
bajan a Tocopilla.
Es de noche.
Entre la islas
nuestro océano
palpita con sus peces.
Toca los pies, los muslos,
Las costillas calcáreas
de mi patria.
Toda la noche pega en sus orillas
y con la luz de día
amanece cantando
como si despertara una guitarra.
A mí me llama el golpe
del océano. A mí
me llama el viento,
y Rodríguez me llama,
José Antonio,
recibí un telegrama
del sindicato "Mina"
y ella, la que yo amo
(no les diré su nombre),
me espera en Bucalemu.
Libro, tú no has podido
empapelarme,
no me llenaste
de tipografía,
de impresiones celestes,
no pudiste
encuadernar mis ojos,
salgo de ti a poblar las arboledas
con la ronca familia de mi canto,
a trabajar metales encendidos
o a comer carne asada
junto al fuego en los montes.
Amo los libros
exploradores,
libros con bosque o nieve,
profundidad o cielo,
pero
odio
el libro araña
en donde el pensamiento
fue disponiendo alambre venenoso
para que allí se enrede
la juvenil y circundante mosca.
Libro, déjame libre.
Yo no quiero ir vestido
de volumen, yo no vengo de un tomo,
mis poemas
no han comido poemas,
devoran
apasionados acontecimientos,
se nutren de intemperie,
extraen alimento
de la tierra y los hombres.
Libro, déjame andar por los caminos
con polvo en los zapatos
y sin mitología:
vuelve a tu biblioteca,
yo me voy por las calles. He aprendido la vida
de la vida,
el amor lo aprendí de un solo beso,
y no pude enseñar a nadie nada
sino lo que he vivido,
cuanto tuve en común con otros hombres,
cuanto luché con ellos:
cuanto expresé de todos en mi canto.
Yo creo que algún día, que inscribiremos en el calendario, tendrán techo seguro, techo firme, los hombres en su sueño, todos los dormidos, y cuando en la noche la lluvia regrese de mi infancia cantará en los oídos de otros niños y alegre será el canto de la lluvia en el mundo, también trabajadora, proletaria, ocupadísima fertilizando montes y praderas, dando fuerza a los ríos...
Poema completo (en negrita el fragmento musicalizado):
Oda a la lluvia
Volviò la lluvia. No volviò del cielo o del oeste. Ha vuelto de mi infancia. Se abriò la noche, un trueno la conmoviò, el sonido barriò las soledades, y entonces, llegò la lluvia, regresò la lluvia de mi infancia, primero en una ráfaga colérica, luego como la cola mojada de un planeta, la lluvia tic tac mil veces tic tac mil veces un trineo, un espacioso golpe de pétalos oscuros en la noche, de pronto intensa acribillando con agujas el follaje, otras veces un manto tempestuoso cayendo en el silencio, la lluvia, mar de arriba, rosa fresca, desnuda, voz del cielo, violín negro, hermosura, desde niño te amo, no porque seas buena, sino por tu belleza. Caminé con los zapatos rotos mientras los hilos del cielo desbocado se destrenzaban sobre mi cabeza, me traían a mí y a las raíces las comunicaciones de la altura, el oxígeno húmedo, la libertad del bosque. Conozco tus desmanes, el agujero en el rejado cayendo su gotario en las habitaciones de los pobres: allí desenmascaras tu belleza, eres hostil como una celestial armadura, como un puñal de vidrio, transparente, allí te conocí de veras. Sin embargo, enamorado tuyo seguí siendo, en la noche cerrando la mirada esperé que cayeras sobre el mundo, esperé que cantaras sòlo para mi oído, porque mi corazòn guardaba toda germinaciòn terrestre y en él se precipitan los metales y se levanta el trigo. Amarte, sin embargo me dejò en la boca gusto amargo, sabor amargo de remordimiento. Anoche solamente aquí en Santiago las poblaciones de la Nueva Legua se desmoronaron, las viviendas callampas, hacinados fragmentos de ignominia, al peso de tu paso se cayeron, los niños lloraban en el barro y allí días y días en las camas mojadas, sillas rotas, las mujeres, el fuego, las cocinas, mientras tú, lluvia negra, enemiga, continuabas cayendo sobre nuestras desgracias. Yo creo que algún día, que inscribiremos en el calendario, tendrán techo seguro, techo firme, los hombres en su sueño, todos los dormidos, y cuando en la noche la lluvia regrese de mi infancia cantará en los oídos de otros niños y alegre será el canto de la lluvia en el mundo, también trabajadora, proletaria, ocupadísima fertilizando montes y praderas, dando fuerza a los ríos, engalanando el desmayando arroyo perdido en la montaña trabajando en el hielo de los huracanados ventisqueros, corriendo sobre el lomo de la ganadería, dando valor al germen primaveral del trigo, lavando las almendras escondidas, trabajando con fuerza y con delicadeza fugitiva, con manos y con hilos en las preparaciones de la tierra.
Lluvia de ayer, oh triste lluvia de Loncoche y Temuco, canta, canta, canta sobre los techos y las hojas, canta en el viento frío, canta en mi corazòn, en mi confianza, en mi techo, en mis venas, en mi vida, ya no te tengo miedo, resbala hada la tierra cantando con tu canto y con mi canto, porque los dos tenemos trabajo en las semillas y compartimos el deber cantando.
Tengo la dicha fiel y la dicha perdida: la una como rosa, la otra como espina. De lo que me robaron no fui desposeída; tengo la dicha fiel y la dicha perdida, y estoy rica de púrpura y de melancolía. ¡Ay, qué amante es la rosa y qué amada la espina! Como el doble contorno de dos frutas mellizas tengo la dicha fiel y la dicha perdida.
La luna se puede tomar a cucharadas o como una cápsula cada dos horas. Es buena como hipnótico y sedante y también alivia a los que se han intoxicado de filosofía Un pedazo de luna en el bolsillo es el mejor amuleto que la pata de conejo: sirve para encontrar a quien se ama, y para alejar a los médicos y las clínicas. Se puede dar de postre a los niños cuando no se han dormido, y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos ayudan a bien morir
Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver. Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados. Para los condenados a muerte y para los condenados a vida no hay mejor estimulante que la luna en dosis precisas y controladas
Jaime Sabines.
Jaime Sabines. Homenaje Nacional en el "Palacio de Bellas Artes" de México. 30 Marzo de 1996.