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lunes, 11 de mayo de 2015

¿Dónde estará la Guillermina?





Cuando mi hermana la invitó
y yo salí a abrirle la puerta,
entró el sol, entraron estrellas,
entraron dos trenzas de trigo
y dos ojos interminables.

Yo tenía catorce años
y era orgullosamente oscuro,
delgado, ceñido y fruncido,
funeral y ceremonioso:
yo vivía con las arañas
humedecido por el bosque
me conocían los coleópteros
y las abejas tricolores,
yo dormía con las perdices.


Entonces entró la Guillermina
con dos relámpagos azules
que me atravesaron el pelo
y me clavaron como espadas
contra los muros del invierno.


Esto sucedió en Temuco.
Allá en el Sur, en la frontera.


Han pasado lentos los años
pisando como paquidermos,
ladrando como zorros locos,
han pasado impuros los años
crecientes, raídos, mortuorios,
y yo anduve de nube en nube,
de tierra en tierra, de ojo en ojo,
mientras la lluvia en la frontera
caía, con el mismo traje.


Mi corazón ha caminado
con intransferibles zapatos,
y he digerido las espinas:
no tuve tregua donde estuve:
donde yo pegué me pegaron,
donde me mataron caí
y resucité con frescura
y luego y luego y luego y luego,
es tan largo contar las cosas.


No tengo nada que añadir.


Vine a vivir a este mundo.


Dónde estará la Guillermina?


 Pablo Neruda.

sábado, 13 de octubre de 2012

CANCIÓN DE LOS QUE BUSCAN OLVIDAR


CANCIÓN DE LOS QUE BUSCAN OLVIDAR 
          
              Al costado de la barca                      
           mi corazón he apegado,           
           al costado de la barca              
           de espumas ribeteado.        
          
              Lávalo, mar, con sal eterna;               
           lávalo, mar, lávalo mar.             
           que la Tierra es para la lucha                
           y tú eres para consolar.            
          
              En la proa poderosa          
           mi corazón he clavado.             
           Mírate barca que llevas             
           el vértice ensangrentado.                      
          
              Lávalo, mar, con sal tremenda,                      
           lávalo, mar, lávalo mar       
           O me lo rompes en la proa                   
           que no lo quiero más llevar.                   
          
              Sobre la nave toda puse                    
           mi vida como derramada!                      
           Múdala, mar, en los cien días        
           que ella será tu desposada.                  
          
              Múdala, mar, con tus cien vientos.                 
           Lávala, mar; lávala, mar,                       
           que otros te piden oro y perlas,             
           y yo te pido el olvidar!    


sábado, 29 de septiembre de 2012

El agua



A media noche desperté.
Toda la casa navegaba.
Era la lluvia con la lluvia
de la postrera madrugada.
Toda la casa era silencio,
y eran silencio las montañas
de aquella noche. No se oía
sino caer el agua.

Me vi despierto a medianoche
buscando a tientas la ventana;
pero en la casa y sobre el mundo
no había hermanos, madre, nada.

Y hacia el espacio oscuro y frío
y frío el barco caminaba
conmigo. ¿Quién movía
todas las velas solitarias?

Nadie me dijo que saliera.
Nadie me dijo que me entrara,
y adentro, adentro de mí mismo
me retiré: toda la casa.

Me vio en el tiempo que yo fui,
y en el seré la vi lejana,
y ya no pude reclinar
mi juventud sobre la almohada.

A medianoche busqué
mientras la casa navegaba.
Y sobre el mundo no se oyó
sino caer el agua

Miguel Arteche.

Un desconocido silba en el bosque



 Un desconocido silba en el bosque.
 Los patios se llenan de niebla.
 El padre lee un cuento de hadas
 y el hermano muerto escucha tras la puerta.

 Se apaga en la ventana la bujía que nos señalaba el camino.
 No hallábamos la hora de volver a casa,
 pero nos detenemos sin saber dónde ir
 cuando un desconocido silba en el bosque.

 Detrás de nuestros párpados surge el invierno
 trayendo una nieve que no es de este mundo
 y que borra nuestras huellas y las huellas del sol
 cuando un desconocido silba en el bosque.

 Debíamos decir que ya no nos esperen,
 pero hemos cambiado de lenguaje
 y nadie podrá comprender a los que oímos
 a un desconocido silbar en el bosque.

 Jorge Teillier